“Tuya” de Claudia Piñeiro es un policial en el que la caracterización de los personajes de la clase media-alta argentina está muy bien lograda, a través de diálogos atrapantes y los modismos argentinos con los que la protagonista, Inés Pereyra, narra la historia.
Además de ser una lectura muy fluida, Piñeiro aborda distintas problemáticas en esta novela de tan solo 190 páginas: el sacrificio por mantener las apariencias y la falsa idea de una “familia feliz”, el peso de la norma patriarcal en la sociedad, la misoginia interiorizada, y la nula comprensión de los adolescentes por parte de sus padres.
La novela narra la historia de Inés Pereyra, una mujer de clase media que, buscando una lapicera en el maletín de su marido Ernesto, termina encontrándose con que él le era infiel, al parecer con una supuesta “Tuya”, que había firmado una carta con un corazón dibujado con rouge.
Una noche, Inés sigue a Ernesto a escondidas, una noche en la que, como acostumbraba, él se iba a encontrar con su amante. Sucede algo imprevisto: “Tuya”, que resultó ser ni más ni menos que Alicia, la secretaria de Ernesto, muere "accidentalmente". Inés y su marido preparan una coartada y planean fingir que no pasó nada. Hasta que, nuevamente, los eventos se ven intensificados: Por un lado Inés se entera de que Ernesto había empezado a tener otra amante antes del accidente que no era Alicia, sino su sobrina Charo. Por el otro, la policía encuentra el cuerpo de Alicia en el lago, lo que significaba que debían prepararse para ser investigados.
Inés increpa a su esposo por la aventura con Charo, y resuelven incriminarla a ella para así librarse los dos de la justicia. Eso había pensado Inés, hasta que se entera que Ernesto había llevado a una persona a testificar en su contra. Finalmente, Inés mata a Charo con una bala en la frente.
Mantener las apariencias
Esta idea es la primera que se manifiesta en la novela. Inés, antes que cuestionar el amor de su esposo hacia ella, se consuela con la afirmación de la familia feliz: «Y entonces me dije: "Yo no voy a andar preguntando, si tengo dos ojos para ver, y una cabeza para pensar". Y lo que veía era que teníamos una familia bárbara, una hija a punto de terminar la secundaria, una casa que más de uno envidiaría. Y que Ernesto me quería, eso nadie lo podía negar. Él nunca me hizo faltar nada. Entonces me tranquilicé y me dije: "El sexo ya volverá cuando sea el momento; teniendo tantas cosas no me voy a andar fijando justo en lo único que me falta"» (Piñeiro, 2005, p. 2). Una familia bárbara, eso le bastaba a Inés para vivir. No importara que su marido le fuera infiel, o que hubiese matado a su amante: estaba casada y los demás la percibían feliz, eso era consuelo suficiente.
La norma patriarcal
La idea del "soy según mi marido" es expresada por Inés en varias ocasiones: «Me saqué de encima el mote "la hija de Blanca" cuando pasé a ser "la mujer de Ernesto". Y me encanta que me llamen así, siento que me da mi lugar en el mundo. Mi territorio. Además es bueno que los demás sepan que una no está sola, que hay un hombre que te banca, que si se te pincha la goma del auto alguien te la va a cambiar.» (Piñeiro, 2005, p. 29).
El hacer de madre de su marido: plancharle la ropa, cocinarle, contenerlo y vivir preocupada por advertir y distinguir qué le puede molestar y qué no. Dedicarse únicamente a las tareas del hogar. Ponerlo en un pedestal hasta cuando le es infiel, y por ende minimizarse ella, inconscientemente quitándose valor: «Ernesto me mentía porque me quería, tan simple y fundamental como eso. ¿Para qué contarme de una aventura extramatrimonial que ya era historia del pasado? "Ernesto es un hombre maravilloso", pensé. No como esos que se sacan la calentura afuera y después vienen a sacarse la culpa en casa. "Querida, no puedo mentirte, tengo que confesarte que me encamé con tu mejor amiga", dicen. "¡Pero mentime, hijo de puta, que es lo menos que me merezco!", habría que contestarles a esos crápulas. Evidentemente Ernesto no era un crápula. Ernesto era un flor de hombre; me mentía, se quedaba con toda la culpa él sólito, se la bancaba como corresponde.» (Piñeiro, 2005, p. 26).
La misoginia interiorizada
Si algo podemos asegurar del personaje de Inés, es que sus pensamientos siempre están atravesados por la reproducción de mensajes machistas, desvalorizando a otras mujeres: las siente como una competencia, como si constantemente tuviese que demostrar que ella es mejor. Critica a Charo sin saber aún de la aventura entre ella y su marido: “Algo de ella me molestaba sobremanera. La miraba y no terminaba de darme cuenta. Hasta que la enfocaron bien de frente, antes de subir al auto. ¡Tenía un par de tetas! ¡Ese tipo de tetas que me dan tanta bronca! Redondas, duritas, orgullosas. Tetas jóvenes.” (Piñeiro, 2005, p. 28).
Tal es este sentimiento, que Inés llega a culpar a las mujeres en situaciones en las que el problema parte de los hombres, como por ejemplo la infidelidad de su marido: «"Se debe estar sacando alguna calentura", pensé. Porque hoy por hoy las mujeres están muy lanzadas. Ven a un tipo y lo buscan, lo buscan, y el tipo si no hace algo se siente un imbécil. » (Piñeiro, 2005, p. 3).
Inés no duda de que su esposo la ama, de que jamás haría algo para lastimarla, y que si lo hace está justificado, o que no sería el más grave de los casos ya que hay gente que la pasa peor que ella. En definitiva, confía plenamente en Ernesto: « "¿Serías capaz de ir a la cárcel por ella?". Ernesto no contestó. "¿Qué estás pensando?", dije sabiendo que no tendría respuesta. Ernesto siguió mirándome sin decir una palabra. Y ya no insistí. No, Ernesto no sería capaz.» (Piñeiro, 2005, p. 63).
Y ni aún teniendo que rendirse a lo evidente, luego de que su esposo la traicionara y eligiera a Charo en lugar de a ella, pudo Inés identificar que el culpable de todo esto era Ernesto. Que el que se había casado con ella era él, no Charo, ni Alicia. Que el que había vuelto todas las noches a dormir con ella luego de haber estado con una amante era él, Ernesto.
Inés no pudo sacarse completamente la venda de los ojos, sino que se la levantó de un solo ojo: «Ernesto iba muy despacio. Con el codo asomando por la ventanilla. Como si el mundo siguiera siendo el mismo. En el primer semáforo puso la luz de giro. Yo también. No era el camino a casa. No me sorprendió, ¿por qué iba a ir a casa? ¿Por qué iba a serme fiel toda la vida? ¿Por qué iba a elegirme a mí en lugar de a Charo?». (Piñeiro, 2005, p. 76). Ya sobre el final de la novela, vemos que Inés reconoce, aunque sea, que su marido no la había elegido a ella. Pero no fue suficiente, porque su enojo y furia seguían centrados en Charo, tanto que decidió matarla a ella y no a él. «Ella me miró. Yo disfruté ese instante. Le apunté. Tenía miedo, a pesar de sus tetas, a pesar de su pelo negro. Tenía miedo y no pudo ni siquiera gritar. Apreté el gatillo y dibujé un agujero perfecto en el medio de su frente por donde salió un chorro de sangre.» (Piñeiro, 2005, p. 77)
En conclusión, podemos decir que “Tuya” es mucho más que un simple policial: deja al descubierto muchos aspectos cuestionables de la sociedad que, pese a que el libro fue publicado en 2005, podemos decir que hoy, 17 años después, estas actitudes y costumbres se siguen reproduciendo.
Bibliografía
Piñeiro, C. (2005). Tuya.
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